Volvemos algunos años en el tiempo.Puede que se trate, por ejemplo, al momento en el pasado en el que Ariel Ortega “huye” con la ayuda de Julio Grondona (que lo habilita desde la FIFA), desde Turquìa camino a Rosario para sumarse al campeón rojinegro conducido por el Tolo Américo Gallego.
En ese momento, estoy trabajando en el Carrusel, de la Cadena 3 Argentina y decido llamar a Ortega para preguntarle sobre su experiencia en el cercano Oriente.
Para encontrar a Ortega le pido ayuda a Juan Berros, antigüo amigo-representante del jujeño.
Juan -seco y duro como suena del otro lado- me dice: “Ortega no va a hablar con vos”. Un segundo despuès, recuperado de la sorpresa le pregunto por qué, cuál es el motivo; qué diablos he dicho de Ortega en la antiüedad como para que no quiera ni tan siquiera recibir un llamado, no ya salir al aire.
“Vos le dijiste borracho en Tribuna Caliente” en Telefé, me dice.
Es al año 2004, recuerdo, y la última vez que hicimos “Tribuna” en Telefé, fue antes del 2000.
Más allá del tiempo transcurrido y de las fallas en que puede incurrir la memoria, que me pasa, le digo a Juan: “Es imposible Juan. Yo podría hablar eufemísticamente de “problema personal”, incluso de “adicción”, jamás le diría “borracho” a alguien”.
“Jamás”, le insisto.
“Está grabado”, redobla la apuesta Berros.
“¿Yo en cámara?”, le digo.
“No. Se escucha en off”.
“Entonces hay un error de apreciación en la voz; te repito, es IMPOSIBLE que yo le haya dicho de ese modo a Ortega”.
Y nos despedimos.
Obvio es que no volví a hablar con Ortega. Aunque alguna vez, ya en éste tiempo moderno, le envié un mensaje de texto pretendiendo aclararle la cuestión. Desconozco si recibió los mensajes porque nunca los devolvió. Le dije que no era factible que yo le hubiera calificado así. Y le conté con menos palabras, la historia que ustedes leerán a continuación.
Mi Viejo, el Tolo Rossi, campeón con el Bell de Bell Ville en el 57 y en el 59, exquisito segundo zaguero central que rechazaba de “chilena”, tuvo en sus últimos años, la misma adicción que Ariel Ortega.
La misma maldita adicción, el alcohol.
Mi Viejo se había pasado casi 30 años de su vida laburando en un frigorífico de mi pueblo. Imposible, pensé muchos años despuès, que no se “quebrara” por algún lado, intentando justificar aquel dolor. Que no aflojara.
El esfuerzo había sido rematadamente exagerado para que, entre otras cosas, tuvieramos una casa propia o educación en escuela privada. Demasiadas privaciones propias como para no “descomprimir” por algún lado, el Viejo.
He vivido muy de cerca, entonces, lo que significa el intento infructuoso de los que somos “el entorno”, los familares, de sacarlos del infierno si ellos -los que están inmersos- no disponen de la voluntad suficiente para poner en marcha el proceso.
Escuché cientos de veces frases como “es la última vez” o “mañana retorno al trabajo”. Claro que estamos hablando de sus últimos años.
El Tolo, al fin, hizo lo que pudo y conservo de él, el mejor de los recuerdos. Aún aquellos que mueven a la melancolía o a la tristeza.
Ortega es, por el contrario, un tipo joven.
Tiene, desde el punto de vista profesional y laboral, mucho hilo en el carretel.
Pero no habrá posibilidad de que la situación cambie si él mismo no toma la primera decisión.
Y el segundo día. Y el tercero. Y así, hasta cuando él mismo lo disponga. Puede hacer de resto de su vida y la de los suyos algo que valga la pena, algo que, aún con los inconvenientes y las circunstancias adversas propias de éste asunto, disponga de un futuro. Tiene hijos pequeños Ortega, que pueden transformarle la vida.
O puede terminar el proceso de auto-aniquilación.
Quizá pueda.
Ojalá lo haga.
Ni Passarella, ni Astrada, ni los compañeros, ni la familia.
Él y nadie más que él.
y quien quiera oir, que oiga.

