El seleccionado nacional de fùtbol trabaja en doble turno. Bajo la lluvia en día de perros y tarde de perros. Trabaja en doble turno a los efectos de qué?:
¿Guardar las apariencias?
¿Ataque “concientizante” o, mejor, “concientizador”?
¿Un “champú” a Batista desde la calle Viamonte?
¿Los futbolistas han cambiado o son nuestros futbolistas quienes han cambiado?
¿Mascherano puede negociar fórmulas de entrenamiento con Guardiola?
¿Ó rueda escaleras abajo ante el primer intento?
La Argentina viene del subsuelo y sigue en el subsuelo.
Aunque se maquille la cuestión con el quinto puesto del mundial.
La Argentina, su seleccionado, está en deuda.
Lleva décadas en deuda.
Ocurre que se asiste, globalización mediante, a una cantidad excesiva de estímulos visuales aislados.
Vemos a Milito premiado.
Vemos a Messi premiado.
Vemos a Higuain convertirse en goleador de la Liga de España.
Vemos a Tévez ovacionado en inglés.
Se ven, en definitiva, partes. Cuotas partes aisladas que, para el caso argentino, no alcanzan a conformar el todo.
Las partes aisladas no suman cuando se ponen la camiseta argentina.
¿Porqué?
¿Falta de compromiso?
¿Falta de ideas?
¿Falta de compañerismo, o su contra cara, exceso de individualismo?
¿Falta de autoridad?
¿Relajo en los mandos?
Cuando llegaron los futbolistas para jugar este partido contra España, sobrevoló el fantasma de la anarquía a caballo de la palabra “negociación”.
Batista negocia, nos contaba La Nación el martes. ¿Con quien negocia el entrenador interino?. ¿Con Messi acaso?
Suena fuerte anarquía.
Quizá sea exagerado. Pero no parece encontrar, el seleccionado, un equilibrio que le de algo de paz.
Una vuelta al sentido común podría ser un ensayo de salida de emergencia. Si están aquí para jugar su partido, pues lo más recomendable es trabajar. Guardarse. No exhibirse. Ser. Pero, como la mujer del César, también parecer.

