AQUEL EQUIPO DE SPORTIVO UNIÒN DE ORDOÑEZ.

NOVELA (Fiction) | Pipo Rossi | 03-05-2012

Clotti, Camone, Tarugo, Baronio y el Chichi (línea de 4 clásica); Nini, Araña, y el 10, el Cacho Basualdo (8,5 y 10); Zapallo, el Chelco y Saluzzo (wing derecho, centrodelantero y wing izquierdo).
Un equipazo inolvidable para el pueblo.
Que no ganó nada.
Pero vive en el afecto y los mejores recuerdos de todos quienes los recordamos.
A ese equipo le fuimos a reforzar el banco de suplentes los “pibes” de River de Bell Ville y el Gallego García, ya consagrado.
Me dicen que el Cacho es uno de los mejores técnicos de la zona, hoy.
Y que la “Bicho” Manavella mantiene su sonrisa inolvidable.
A todos ellos, gran abrazo desde aquí y la promesa de terminar de contar la historia que empezamos ayer. La del “sapo”.

El recuerdo mantiene algunos apellidos, pocos nombres y muchos sobrenombres, como verán.
Pero intacta la idea del “Chupa” saltando por encima de Passarella o el Ratón Ayala, entre cinco adversarios o haciendo una “media-chilena” al estilo del Negro Gamboa, de esas que ya no se ven y que supo patentar mi Viejo, el Tolo Rossi en el Bell campeón del 57 y 59 con el papá de Marito Kempes, Gandullo, Gutierrez o el exquisito Negro Ludueña.

Todos ellos vendrán en algún momento.
Los recuerdos mandan aunque la Bicho no recuerde su pollerita blanca.
Decía Tomás Eloy Martínez que “los recuerdos no son como son, son como los recordamos”.
Cuánta razón tenía Tomás.

Ya nos acordaremos de los apellidos.
Y completaremos la info.
Tengan presente que todo (o mucho) parecido con la realidad… es mera coincidencia.

“El” Ariel Dorado, nuestro “corresponsal” en Brasilia, es quien recordó al toque, aquel Sportivo Uniòn del 78. Y nos lo enviò al facebook ElioPipoRossi.
Tante grazie, Fiera.

EL SAPO DETRÀS DEL ARCO Y EL ORTO INCONMENSURABLEMENTE BELLO DE LA PETISA MANAVÉ.

NOVELA (Fiction) | Pipo Rossi | 02-05-2012

RECUERDOS DE FÓBAL, segunda entrega.

El Profe Federico Gómez fue el primer “tacticista” que conocí. Nos había dado un par de clases en el San José por algùn que otro “faltazo” del titular “Matota” Santarrosa (un genial entrenador de voleybol que nos llevó a ganar el campeonato en 1er año del secundario, primera y única vez que perdió como local el Rivadavia de Villa María, “guasos” que usaban camisetas parecidas a los All Blacks, pero en Voley. Esto, lo del voley, será tema para otro recuerdo. Volvamos al fóbal).
“Matota” pegó en toda su vida, unos tres faltazos. Lo tuvimos entre primero y quinto año.
Y en esos faltazos, vino el Profe Federico Gómez, el primer “tacticista” que conocí.
Al Profe Gómez lo teníamos también en River, aunque preparaba físicamente, a la Reserva y a la Primera.
Nosotros, con edad de cuarta 13-16, teníamos “todo en uno”. El mismo que nos entrenaba, nos hacía correr. También se apellidaba Gómez, pero Alberto era su nombre.
El asunto es que ese año, 77-78, el Profe toma un “curro” y pega el salto de P.F a Entrenador en Sportivo Uniòn de Ordoñez, un pueblo a unos 40 km, máximo, de Bell Ville, cerquita de Posse, de donde es Martín Demichelis.
“Nos vamos a Sportivo!!!”, la voz firme del Profe apenas concluido el entrenamiento de la cuarta (la que perdió esa final que les relaté la vez anterior); Rossi y el Gallego García, los dos conmigo”, ordena, marcial, el Profe.
A los 15, 16 años uno puede entrenar (porque se trata de juego, 2 veces por “abajo de las patas” y hasta 3 también en el mismo dia.
Ninguno de nosotros se atreve, no digamos ya a contradecirlo, sino tan siquiera a preguntarle “¿a dónde es que vamos, Profe?”.
“Sportivo necesita defensores para jugar el Clausura”, explica a bordo ya de su Renault 12 Break verde oliva en plena ruta a Posse. El Gallego jugaba de 6 en la Primera haciendo dupla con “Poronga” Bomone, y creo que había formado parte del River campeón del 75. El titular en ese equipo era la “Chiva” Algecira, el papá del pibe que supo jugar hace tiempo en Vélez, acá en Buenos Aires. El Gallego jugaba de 2 o de 6, indistintamente; yo de cuatro o de 3, más por derecha.
Es que River, nuestro River, en plena crisis (cualquier parecido al del Pelado Almeyda es pura coincidencia, lo juro), no había clasificado en el torneo por zonas y había quedado afuera del Clausura, dos zonas de seis equipos cada uno, a las que sí, había llegado Sportivo Uniòn.
Y allá fuimos.

CACHO BASUALDO, EL “CHUPA” ASTUDILLO, “ZAPALLO” GIORDETTI Y EL “GRINGO” GIUBERGIA.

Uniòn tenía un cuadrazo, pero por alguna razón medio inexplicable para nosotros, le faltaban defensas y aceptaban, literalmente, cualquier pibe que viniera por dos mangos en ese último tramo del campeonato de la Liga.
Era nuestro caso.
Yo había pegado el “salto” a Primera por la crisis mencionada más arriba y nos habíamos ganado cierto respeto por parte del equipo de Ordoñez a fuerza de taparle a los “gandotes”.
Es que el “Zapallo” era un cuasi tanque de 1,80 que jugaba de 7 y no había manera de pararlo. O lo anticipabas, o te llevaba puesto.
Pesaría unos 80 kilos que eran puro músculo, el culiau.
Y Giubergia era un gigante con cara de pibe, gringo “hasta la mazangona” que pesaba no menos de 110 kg y media 1.95.
O eran asì, o yo los recuerdo así.
La Chueca (otro defensor de la cuarta que saltó a primera en 78-79), 1.70 y yo 1.65, los habíamos cagado a patadas en el último partido en Mitre y Corrientes (cancha de River en Bell Ville) y habíamos impedido que nos ganaran: cero a cero terminó y fue uno de los pocos puntos que sumamos en todo el año.
Sirvió para que los tipos se fijaran en nosotros.
El punto más alto que mostraba lo “suicida” que podíamos ser, fue una pelota dividida contra el Gringo Giubergia.
“Cacho” Basualdo, un crack con una dosis de fiaca y vagancia parecidas a las de Juan Román, cabo de la policía en sus ratos libres, que jugaba con la 10, puso un milimétrico pelotazo para el Gringo Giubergia, el 9 y yo estaba parado como último hombre. Detrás mío, solo Luis Tamborini, defendiendo el arco de River.
Viene el Gringo (recuerden, 1.95 y más de 100 kg), a velocidad de rayo y me juego la vida: o la “puntea” y quedo pagando o tapamos. Me tiro para adelante con los dos pies flexionados para meter el “doble planchazo” a la pelota.
El Gringo, obligado a pensar en plena carrera, no da crédito a lo que ve: un negrito diminuto de mierda que le muestra los dientes y los tapones en una pelota dividida. Con menos oficio que el defensor para pelear esa pelota, abre el pié derecho y confía en su fuerza bruta; yo lo tapo y la pelota… la pelota REVIENTA!!!
Sí.
La hicimos mierda y el juez tuvo que pedir otra para reanudar el partido con un “bote a tierra”.
Un “uuuuuuuu”, sostenido y latente, invadió toda la cancha, repleta por unas mil, mil quinientas personas detrás de todo el rectángulo del alambrado olímpico.
Pero además, el Gringo quedo “desparramao” y yo me paré tratando de que las patas no me temblaran por el impresionante impacto.
Así fue que me gané el derecho a ser convocado por el Profe Gómez para ir a jugar como “refuerzo” a Sportivo Uniòn.
Lo más bonito que recuerdo de esa primera pràctica, es (y hablo en tiempo presente), el orto manzanita espectacular de la petisa Manavella (una gringa que estaba para “matarla”); seguidora como todo el pueblo, de aquel equipo inolvidable.
Hermana del 4, que también jugaba de 3, el también petiso Manavella, la gringa te sacaba de la práctica, o peor, de los partidos.
Usaba una mini blanca que apenas le cubría la bombachita. Y uno…tenía que cuidarse.
En fin…
Ustedes se preguntarán porqué aquello del “sapo detrás del arco”.
Queda para la próxima vez.

CONTINUARA…

EL “SOPA” THEILER Y “LA QUECONA” MERLINI, nos ganaron la final.

NOVELA (Fiction) | Pipo Rossi | 25-04-2012

Sergio Merlini, “Quecona” Merlini, jugaba de 5-8-10, tipo Iniesta sin la pinta de vendedor de seguros que tiene el catalán.
Sabía, poco antes de recibir (como suelen decir de Riquelme), el destino que iba a darle a la pelota.
Y en aquella cuarta del Bell campeona del 78, tenía una cantidad de alternativas fabulosas.
El equipo que nos ganó la final en la cancha de Argentinos, barrio obrero y popular de las afueras de Bell Ville, era espectacular. Era, a los 15-16 años, una muestra de fútbol total al que ni jugando 10 finales le hubiéramos podido ganar.
Además nos sacaba una diferencia que, a esa altura, era decisiva. Casi todos ellos eran clase 62 y nosotros, River (Club Atlético y Biblioteca River Plate), eramos, somos, 63.
A los 14, 15 o 16, la diferencia de trabajo y de formación física, es inalcanzable, excepto para algunos pocos elegidos.
Toda nuestra defensa venía del San José, excepto el cabezón Valle, lateral por izquierda con menos proyección que Repsol YPF recién expropiada.
El Cabezón Fillippi jugaba de 2 y la Chueca Fuglini, de 6. Eran, los dos centrales, exageradamente limpios. Solo hubiéramos podido pararlos a patadas, y hasta ahí nomás.
El único que pegaba era yo, el 4.
“Y raspe, y raspe, y raspe Rossi, raspe”, cantaba un grupete de compañeros de la secundaria que se veían divididos en las preferencias porque en el Bell, también jugaban varios que habían sido compañeros nuestros en el baby-fútbol del colegio.
Me veo enfrentando al Sopa Theiler todo el tiempo en un mano a mano que gano y pierdo alternativamente. Pierdo más de lo que gano, esa tarde calurosa de Diciembre.
Cuando comienza el partido, el gringo López (Gerardo, nueve goleador y guapo que nos embocó en la final), la adelanta para Quecona; el “Sopa”, 11 y zurdo hasta los huevitos, ya picó y cuando me pasa para ganarme la espalda y correr en diagonal buscando el mano a mano, lo toco sin mirarlo. Siento el ruido y advierto la polvareda al tiempo que la puteada: “Tolo, la puta madre que te parió”!! se queja el Sopa. Es que intuyendo que me ganaba, le punteo el talón con la zurda y hago que se trabe los pies cagándose un golpe de novela a los 22 segundos del partido.
Se queja todo el Bell, pero para cuando el Manco Galante (el árbitro de esa final), gira, el Sopa, ya de piè, me está tirando una patada de atrás que me hace sentir los tapones rozandome la espalda.
¿”Tas en pedo Sopa”?, le grito-actúo para la tribuna y para el Juez.
El Manco, que me conoce, nos llama a los dos y nos dice: “señores la próxima se van”.
Levanto los brazos como diciendo: “¿yo señor”?
“Si!, Usted!”, el Manco.
“Echeló, echeló”, el Sopa.
“Callate y jugá, cagón”, yo.
“Tolo, no pegués”, ruega la Quecona ya rodeándome y el Toño Rochi, el 4 del Bell “es un sucio, es un sucio”, acota.
“Entran” todos y yo, que sé que se nos van a venir, los miro riéndome para hacerlos calentar.
No tenemos chance. Lo sé. Pero el partido estuvo parado casi cuatro minutos en el remolino.
Ellos son un cuadrazo.
Nosotros somos el Inter de Mourinho contra el Barça: todos atrás esperando que Mario Marroncle (Marito, el papá del pibe que jugó un ratito en Lanús y ahora, creo, anda por Europa), se escape en un contragolpe y le cuelgue una pelota al Petiso Savanco, como Ramirez del Chelsea a Víctor Valdes.
Eso no sucederá.
Pero ojo, el recuerdo lo estoy escribiendo yo mil años despuès y puede que el partido termine como yo lo recuerdo o como lo quiero recordar.
Eso, será otro dia.

UNA PRUEBITA PARA VERIFICAR EL SISTEMA.

NOVELA (Fiction) | Pipo Rossi | 05-03-2012

Eso es, uno, dos, tres, probando.
Procederemos a “colgar” y luego verificamos que aparezca detràs de la “orejita” destinada a la cuestiòn.
¿A ver?