Nos nos asombremos de ver a la Barra Brava de Boca en Sudáfrica. Lo que deberá asombrarnos, en todo caso, es su ausencia.
La Barra colgó Banderas cuyo costo debe medirse en pasajes y estadía para el Mundial: “Diego querido, la Doce está contigo”, mientras todo el resto del estadio, pedía por el retorno de Riquelme al seleccionado argentino.
Maradona fue a tragarse un sapo a la Bombonera, apostando acaso en su más íntimo ser, a un batacazo -imposible- de River.
Pero antes se aseguró de que los bravos, los que arreglan sus cuestiones a tiros en las cercanías de la Plaza Lezama, estarían con él. Gritarían por él. Amenazarían por él.
Las banderas eran todas igualitas, como si alguien, a quién también se le paga por su trabajo obvio, las hubiera hecho de una sola vez.
No tiene sentido insistir con la dicotomía Maradona-Riquelme en la selección.
Riquelme considera a Maradona como a un ser que, a pesar de tener sus mismos orígenes, tiene otros códigos. Para Riquelme, Maradona se parece a Pelé. Formó parte, inclusive el actual deté del equipo nacional, del grupete que “le hizo la cama a Basile”.
Y Riquelme, de códigos rígidos y esenciales, no se lo perdona. Con Maradona al mando, Riquelme jamás jugará en el equipo.
Por encima de estas cuestiones, digamos, de carácter, están los egos.
Maradona, Riquelme y sus Egos. La argentinidad al palo, en definitiva.
De un lado, podría describirse, estuvo en la Bombonera la Argentina que pagará su ida al mundial en cuotas, o que sufrirá frente a la tele. Ellos, ingenuamente, reclamaron por Riquelme.
Del otro, estuvo la Argentina que vive al mágen de la ley, la que no necesita entradas para asistir a los partidos; la que es tradalada -y custodiada- por la Policía. La que organiza tours adrenalínicos para turismo europeo en busca de emociones fuertes. La que suele matar. La que trafica todo tipo de estimulantes y también influencias.
Esa que, vestida de cordero pero más lobo que nunca, estará en el Mundial.

