Ha ganado Banfield.
Aún perdiendo, ganó.
Ganó porque se cansó de ganar a lo largo del campeonato.
Hizo falta que pasaran 16 fechas para sufrir el primer traspié a manos del inconcebible Racing.
Tuvo la valla menos vencida.
O sea, la mejor defensa.
Tuvo al goleador: el dolape Silva (les hizo goles a casi todos y para todos los gustos).
Tuvo a jugadores de pié exquisito como el tal James Rodrigues y Walter Erviti y tuvo hombres hechos y derechos para aguantar el chubasco de los momentos límites, como el Gallego Méndez (que había abandonado el fútbol antes de sumarse al proyecto Falcioni-Banfield.
Quedó una vez más al desnudo que lo más importante es ganar.
No digo lo único: digo, lo más importante.
Porque todo lo demás, todo lo otro forma parte de la absoluta subjetividad.
Que aquel jugaba mejor; que éste tiene mejor arquero; que aquel otro tiene un cinco exquisito y éste un Picapiedra.
Que el técnico es “defensivo” y el otro “ofensivo”.
Cháchara.
Vayan los abanderados del llanto a explicarle al Planeta Banfield que éste equipo “no gusta” o “no brilla”.
Serán enviados con toda razón a la mismísima merde.
Y estarán en su derecho los simpatizantes del equipo del Sur.
Quédense, en todo caso, con vuestro gusto.
Pero no intenten imponerlo sobre todos los demás.
El blog sugiere ver “El gusto de los otros”, de Agnes Jaoui, por estos días en cartel en Buenos Aires con otra petit-maravilla “Háblame de la lluvia”.
Falcioni ganó.
Y tuvo su orgasmo.
El otro perdió y llorará de aquí a la eternidad por su coitus interruptus.
Los dos (Banfield y los otros, Falcioni y el otro, los jugadores de ambos), se pegaron tremendo “cagazo”, diría el inefable Hugo Gatti.
El CEO del Madrid, o sea, el hombre de derechas Jorge Valdano, sería más elegante con su pluma de izquierdas: “pánico escénico”, diría él.
Ñuls y Banfield se pegaron, insisto, flor de susto en la instancia final.
Los dos perdieron, pero Banfield, a la larga, fue por lejos el mejor.
Chapeau Falcioni.
Chapeau Banfield.

