Aparece el señor Mallo y nos dice: “no somos una fuerza de choque” y uno se queda pensando: “amigo… ojalá no me toque ser testigo de lo contrario”.
Sigue el señor Mallo declarando: “queremos ser reconocidos como una ONG porque de lo contrario…”, y uno completa el pensamiento “nos van a romper la cabeza a todos…”
Pero -tranquilizador Mallo completa- “iremos a la INADI para denunciar discriminaciòn”.
Ahá… suspiramos.
Y entonces nos quedamos pensando tratando de comprender. “Lo que estos muchahos están diciendo es lo que yo estoy escuchando?, esto es, ellos van a denunciarnos a nosotros (al Estado, en caso de que no se los reconozca como ONG), por discriminarlos”?.
No puede ser, me digo.
Esto es el mundo al revés.
Cómo es que hemos llegado a ésto: que un grupo de barras que aún no se ha “auto-financiado” ¿apretando? planteles y/o dirigentes, se ubique como víctima?
Llama la atención.
Llama la atención?
Ó, tratándose de nuestra Argentina, esto que se prepara es lo más normal dentro de nuestra normal cotidianeidad?.
Los barras bravas no pueden existir sin protección.
Los barras bravas no pueden existir sin protección de la dirigencia de su propio club (omitiéndolos, ocultándolos, contratándolos o empleándolos en blanco, con cuit y aportes jubilatorios).
Los barras bravas no pueden existir sin protección de la dirigencia de su club y de la Seccional de Policia Federal o Bonaerense, o Cordobesa o Tucumana, que está instalada al frente, a la vuelta, en la otra cuadra de la cancha.
Los barras bravas no pueden existir sin la protección de la dirigencia, que está protegida por la Policía que está protegida por algún miembro (importante en primera, segunda o última instancia), del Poder Judicial.
Los barras bravas no pueden existir sin la protección de la dirigencia, que a su vez está protegida por el Poder policial, dentro del círculo protegido por el Poder Judicial, que descansa o se protege, finalmente, por algún Comisario Polìtico.
Por algún “Poronga”.
Sepan ustedes disculpar por lo soez del lenguaje.
La “línea” estaría constituida, entonces, por barra-dirigente-policia-juez-político.
Es decir, es necesario e imprescindible que alguno de estos factores resista a pertenecer a esta serie de círculos dentro de otros círculos mayores y a la vez, más poderosos.
Si no hay “rebelión” en el sentido de cortar las connivencias, las barras bravas siempre sentiràn que “pertenecen”.
Y, se sabe, “pertenecer, tiene sus privilegios”.
Lo publicado por el periodista Gustavo Grabbia demostrando la convivencia y vinculación entre barras, policías y poder político (y hay dirigentes que estàn o estuvieron en cargos importantìsimos en diferentes clubes para despuès recalar en sucesivos gobiernos locales, provinciales o nacionales), echa por tierra cualquier esperanza de que algo cambie.
Por eso puede causarnos cualquier cosa (enojo, desesperanza, indignción e impotencia) el hecho de que los barras devengan Ongs en la Argentina.
Todo esto, excepto extrañeza.



















Estimado Elio Rossi, lo siento, pero estoy en completo desacuerdo con sus comentarios. En realidad lo detesto, quizás no a usted, pero sí a su manera de pensar. Por una única y sencilla razón: DICE LA VERDAD. Y a nosotros los que nos gusta el fulbo (no el futbol), la verdad nos jode. Por qué se empeña en desenmascarar a estos muñecos bien pagados? No sea malo. Déjenos nadar en la mentira, no ve usted que el mar es inmenso y ahí estamos a gusto. Como siempre repite mi amigo Virgilio, “el fulbo e así”, pero usted nos dice todo lo contrario. No ve que hasta matamos por el fulbo… no se da cuenta que ni nos importa que nuestra mujer se “tome un café” con un amigo sólo de ella, mientras estamos en la cancha… no se entera que cuando hay fulbo mandamos a callar hasta la suegra (cosa que es de alto riesgo). No insista Don Rossi. Usted es un nostálgico de la época de la pelota de cuero, de los campos sin césped, de cuando las lesiones dolían pero se jugaba igual sin ninguna parafernalia médica ni diagnósticos impronunciables. Usted, Don Rossi, se quedó en la época de Rattín, el que dejaba a los de la tercera sus botines de cuero, para que se los ablandara, con la promesa de que cuando no sirvieran más, se los regalaba. Don Rossi, por favor, no me diga más la verdad. No quiero creer que el fútbol no es más fulbo y ahora es un negocio de unos pocos, con el sacrificio de otros muchos y el apoyo de millones de tontos como yo.