El campeonato terminó de la mejor manera posible. Salvo, claro, la estupidez de los estúpidos (que terminan reventados a palos por la Policía y muertos de frío por el agua, pero dejando claro que son bien “machos”, che…).
El campeonato terminó con Central ganándole un punto al Pincha Corazón que, a la postre, le costó el campeonato a los de Sabella. Así de contundente fue ese empate de visitante logrado por los rosarinos que habrán de verse las caras ahora con All Boys, que la Bruja tomó nota del tamaño macanazo que se había mandado cuando metió ese “brazazo” que no llegó a ser codazo a Rivero en una jugada intrascendente.
Está claro que Estudiantes, tremendo equipo, pudo darse el lujo de prescindir de su jugador fetiche para entregar una clase de eficacia en el cementerio de los elefantes.
Boselli que terminó goleador, apareció en el último partido aunque su tríada personal terminara sirviendo solo para festejar el segundo puesto.
La fiesta estuvo en Parque Patricios y sigue en La Paternal.
El “Bichi” supo construir un equipo -cuarto duro, cuarto confiable, cuarto efectivo, y cuarto vistozo- impecable. Que perdió solo dos partidos: con los mendocinos y con los de Falcioni, el más efectivo de la temporada.
Pero ganó los que tenía que ganar. Ganó dos finales que, con toda certeza, lo despositan en la historia: ese 4-3 con Independiente y el último, aún con nervios, aún tirado atrás, aún enfrentando el temor que significa estar tan cerca de la Gloria.
El “Bichi” Borghi desdramatiza.
Pero desdramatiza en serio.
Con las palagras y con LOS HECHOS.
No hay “verso” en Borghi.
Cuando le dice a Pavlovich ¿”tenés ganas de jugar”?, y le arranca una carcajada un instante antes de que el ex Ñuls juegue, quizá los próximos 15 minutos más importantes (en su top-five personal), de su vida en una cancha de fùtbol. Entra con la sonrisa de oreja a oreja.
Desdramatiza el Bichi cuando dice: “si quiero huevos pongo 11 gallinas”.
Y no se desdice en los hechos.
No termina a puteada limpia contra adversarios, árbitros, hinchas de otros equipos, o jueces de línea.
O sea, lo que dice, lo hace.
O al menos lo intenta.
O, finalmente, se queda “chito” la boca y se la aguanta.
Mezcla en dosis parecidas talento con esfuerzo en su equipo. El “colectivo” es siempre más importante que el “individual” en su tesis de juego.
Por eso es tan importante el negro Sabia revoleando un adversario como entrando con pelota y todo al área y arco contrario, de bestia nomás.
Por eso es capaz de convencer a Oberman de que aporte como un extraño “carrilero”, ora por izquierda, ora por derecha o que juegue de “siete” llegado el caso.
Por eso es capaz (“locura” lo llamó Calderón), de convencer al dolido veterano de que se retire en la cancha. Y “Caldera” juega -y gana- “Su” campeonato.
Por eso el Chuco Sosa se cansa de hacer goles de todos los colores, en todos los partidos importantes y, además, corre a los adversarios.
Defiende, el Chuco.
Todo eso produce el Bichi, luego de ganar 4 (cuatro, c-u-a-t-r-o) campeonato en Chile como tècnico.
Sin declamar que el juega “el fútbol que le gusta a la gente”.
Juega el fùtbol que puede, con la estrategia que el partido requiere, con los hombres que dispone, poniendo el esfuerzo al servicio del talento y viceversa.
Esto, que parece un juego de palabras, es lo que se ve en el equipo de Borghi.
En éste Argentinos. Repase: el esfuerzo al servicio del talento y el talento al servicio del esfuerzo.
No es cháchara.
Es fùtbol.
No es discurso.
Es juego.
No se trata de palabrerío que las puteadas terminan arrasando.
Son puntos.
De local (contra Boca ó Independiente), ó de visitante (contra Estudiantes, Central, o Huracàn).
Son finales ganadas.
Son campeonatos ganados.
Qué placer poder salurdar a éste Argentinos Campeón.
Qué placer poder decir: Bichi, te lo ganaste en buena ley.
Y gracias por semejante humor en los momentos límites.
El fùtbol en serio -no el fulbito declamado- te lo agradece.

