El tipo, un hincha de los que suelen venir de lejos, se acerca entre tímido y cauteloso a una de sus más admiradas estrellas. Vé que el tipo -la estrella- sube ráudamente a su coche de alta gama (200.000 dólares por abajo de las patas, mínimo piensa), y aún intuyendo el apuro, el hincha aprieta el paso.
La “estrella” lo mira sin mirarlo y cuando el hombre está cerca, cuando está seguro de que lo escucha le espeta: ”correte fiera que no estoy de humor”. Sale, la “estrella” en su bólido de 200.000 dólares y si el tipo -que se siente el último infeliz del mundo a esta altura-, si el tipo no se corre, lo pisa.
La “estrella” es Mush, como solía decirle Bianchi, el mánager que nunca estuvo, pero que se llevó de Boca 1 millón 300 mil dólares por su último trabajo.
Mouche. Pablo Mouche.
Uno se queda pensando en qué ganó Mouche. ¿Qué ganó Mouche?. ¿Una copa del mundo?. ¿Acaso de su mano, Boca ganó una Libertadores o una Intercontinental, ahora llamado mini mundial de clubes?. ¿Llevó, Mush, al Barcelona a la final de Europa?. ¿Ganó la triple corona en la Argentina?. ¿Compite con Messi y Cristiano Ronaldo en la votación del mejor jugador del mundo este año?.
No. Nada de eso. Ni cerca.
Mush, Mouche, es un síndrome. Es también una consecuencia: “Si el contrato de Riquelme es de cuatro millones de euros”, yo quiero 800 mil año limpios. No importa si son dólares”.
Y el Boca de Ameal, concede. O concedió.
Y ahora hay que soportar a Mush. Que se la creyó. ¿Cómo no habría de creérsela, Mush?
Mush, apenas un cursiento con plata que no ganó absolutamente nada es el síndrome de aquello en lo cual han convertido a Boca: una marca que pierde valor. Cada día. A cada hora. Vale menos.
El “síndrome Mush” en medio de la pelea por la supervivencia en Boca. Quién te ha visto y quién te ve, querido Boca. Tan lejos del Barça y tan cerca de… Mush.

